viernes, 6 de noviembre de 2015

El Señor te busca......

En busca de la oveja perdida

Me alejaba, me alejaba cada vez más, mi Señor y mi vida,
y mi vida comenzaba a ser una muerte, 
o mejor aún,era ya una muerte a vuestros ojos.
todavía en este estado de muerte Vos me conservabais...
Había desaparecido del todo la fe,
pero el respeto y la estima permanecían intactos.

Vos me hacíais otras gracias, Dios mío, ,,,,
me conservabais el gusto por el estudio,
las lecturas serias, las cosas bellas,
el asco por el vicio y la abyección.
Yo hacía el mal, pero no lo aprobaba ni me gustaba...

Vos me distes esta vaga inquietud de una conciencia que,
a pesar de estar adormecida, no estaba del todo muerta.
Jamás he sentido esta misma tristeza, este malestar,
esta inquietud de entonces.

Dios mío, era, sin duda, un don vuestro; ¡qué lejos estaba de sospecharlo!
¡Cuán bueno sois! Y al mismo tiempo que, por una invitación de vuestro amor,
privabais a mi alma de ahogarse irremediablemente, 
guardabais mi cuerpo: porque si entonces hubiera muerto hubiera ido al infierno...

¡Cómo por milagro me habéis hecho salir de estos peligros en viajes, tan grandes y múltiples!
¡Esta inalterable salud en los lugares más malsanos, a pesar de mis grandes fatigas!
¡Oh, Dios mío, cómo teníais vuestra mano sobre mí, y qué poco la sentía yo!
¡Cómo me habéis guardado!
¡Cómo me cobijabais bajo vuestras alas siendo así que yo ni tan solo creía en vuestra existencia!
 Y mientras así me guardabais, pasaba el tiempo,…..

y juzgasteis que se acercaba el momento oportuno de hacerme entrar en el redil.

A pesar de todo, habéis desatado todas mis malas ligaduras que me hubieran mantenido alejado de Vos; incluso habéis desatado los lazos buenos que me hubieran privado de ser un día vuestro del todo...Vuestra mano sola ha hecho esto al principio, en medio y al fin. 

¡Cuán bueno sois! Era necesario para preparar mi alma a la verdad; el demonio es demasiado dueño de un alma que no es casta para dejar entrar en ella la verdad; 

Vos no podíais entrar, Dios mío, en un alma en la que el demonio de las pasiones inmundas reinaba como señor. 

Vos querías entrar en la mía, o buen Pastor, y Vos mismo habéis echado fuera a vuestro enemigo.


Beato Carlos de Foucauld (1858-1916), ermitaño y misionero en el Sahara

Retiro en Nazaret, noviembre 1897 

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