En busca de la oveja perdida
Me alejaba, me alejaba cada vez
más, mi Señor y mi vida,
y mi vida comenzaba a ser una muerte,
o mejor aún,era ya una muerte a vuestros ojos.
todavía en este estado de muerte Vos me conservabais...
Había desaparecido del todo la fe,
pero el respeto y la estima permanecían intactos.
Vos me hacíais otras gracias, Dios mío,
,,,,
me conservabais el gusto por el
estudio,
las lecturas serias, las cosas bellas,
el asco por el vicio y la abyección.
Yo hacía el mal, pero no lo aprobaba
ni me gustaba...
Vos me distes esta vaga inquietud de
una conciencia que,
a pesar de estar adormecida, no estaba del todo muerta.
Jamás he sentido esta misma
tristeza, este malestar,
esta inquietud de entonces.
Dios mío, era, sin duda, un don vuestro;
¡qué lejos estaba de sospecharlo!
¡Cuán bueno sois! Y al mismo tiempo
que, por una invitación de vuestro amor,
privabais a mi alma de ahogarse irremediablemente,
guardabais mi cuerpo: porque si entonces hubiera muerto hubiera ido al infierno...
¡Cómo por milagro me habéis hecho
salir de estos peligros en viajes, tan grandes y múltiples!
¡Esta inalterable salud en los
lugares más malsanos, a pesar de mis grandes fatigas!
¡Oh, Dios mío, cómo teníais vuestra
mano sobre mí, y qué poco la sentía yo!
¡Cómo me habéis guardado!
¡Cómo me cobijabais bajo vuestras
alas siendo así que yo ni tan solo creía en vuestra existencia!
Y mientras así me guardabais,
pasaba el tiempo,…..
y juzgasteis que se acercaba el
momento oportuno de hacerme entrar en el redil.
A pesar de todo, habéis desatado
todas mis malas ligaduras que me hubieran mantenido alejado de Vos; incluso
habéis desatado los lazos buenos que me hubieran privado de ser un día vuestro
del todo...Vuestra mano sola ha hecho esto al principio, en medio y al fin.
¡Cuán bueno sois! Era necesario para preparar mi alma a la verdad; el demonio
es demasiado dueño de un alma que no es casta para dejar entrar en ella la
verdad;
Vos no podíais entrar, Dios mío, en un alma en la que el demonio de las
pasiones inmundas reinaba como señor.
Vos querías entrar en la mía, o buen
Pastor, y Vos mismo habéis echado fuera a vuestro enemigo.
Beato Carlos de Foucauld (1858-1916), ermitaño y misionero
en el Sahara
Retiro en Nazaret, noviembre 1897
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