martes, 4 de noviembre de 2014

ARTICULO 10 MORAL

Consumismo y austeridad de vida

Como virtud cristiana la austeridad de vida es forma y expresión del espíritu de pobreza que debe ser vivida

I.       Consumo y consumismo 
1. Desde el momento que el hombre necesita bienes para su subsistencia, salud, educación, vivienda, descanso, etc., hay que concluir que resulta imprescindible la producción y el consumo de los bienes que responden a las necesidades fundamentales de la persona humana. Sería ideal, por consiguiente, que todos los poseyeran según sus necesidades y conforme a la capacidad de cada uno, en orden a su desarrollo integral, de cuerpo y alma.

Por eso, en esa línea, el gran doctor de la lglesia santo Tomás de Aquino, hace siglos, enseñó que un mínimo de bienestar es necesario para practicar la virtud. En los últimos tiempos se ha dicho, en lenguaje más directo, que no se puede hablar de Dios a estómagos vacíos. En conclusión, digamos que hay un consumo de bienes materiales útiles e indispensables ya que se trata de medios necesarios para el bienestar material y espiritual de la persona humana.

2. El consumismo es otra cosa. Con la denominada sociedad industrial aparece la multiplicación y acumulación de bienes, con frecuencia innecesarios y superfluos, cuando no ordenados con frecuencia a la ostentación y obtención de determinado "status". Entonces la persona resulta esclava de las cosas, dominada por ellas. Nada le resulta suficiente, aparece insaciable y enredada en una conjunción, a veces hasta ridícula, de vanidad y codicia, con un asfixiante trasfondo materialista. En definitiva, el paroxismo del tener cosas ahoga al ser de la persona. Los "shopping centers" y los "free-shops" de los grandes aeropuertos podrían ser como los símbolos del consumismo contemporáneo. A veces hasta aparece un aspecto ridículo como es el ofrecido sobre todo por los denominados "nuevos ricos" a quienes el lenguaje popular graficó llamándolos "piojos resucitados".

3. A este consumismo empuja la propaganda que de mil maneras atrapa a la persona y a la familia, cautivas e indefensas frente a las presentaciones y "slogans" de aquélla. Así como desde hace un tiempo se imparten lecciones de "defensa personal", habría que propiciar la enseñanza del arte de "defenderse de la propaganda".

4. Añádase a los artilugios de la propaganda los oscuros manejos de los resortes de los mercados y de la producción que someten a la gente a consumos innecesarios y hasta nocivos a veces. Convengamos en que la influencia sutil y en ocasiones asfixiante de la propaganda es una fuerza tan irracional como poderosa.

II. Austeridad de vida 
5. Ella es la actitud que constituye ante todo una réplica al materialismo que subyace en las bases del consumismo. Adelantemos que, para no entrar en detalles, entendemos "austeridad" y "sobriedad" de vida como términos equivalentes. Ambos llevan implícita la afirmación de que los valores materiales no son la razón de ser de la persona humana ni el objetivo último de su existencia; son expresiones del dominio del hombre sobre las cosas en lugar de ser su esclavo.

6. No se confunda la austeridad de vida con la actitud del avaro que acumula y esconde; el avaro es, por antonomasia, esclavo de lo material. La austeridad de vida se encuadra dentro de los límites de las cosas necesarias y realmente útiles, habida cuenta de las condiciones y circunstancias de vida de una persona o de una familia y su situación en la sociedad.

7. La austeridad de vida es una exigencia ética y una virtud cristiana. Como exigencia ética obliga preferentemente a quienes están al frente de la cosa pública en sus diversos niveles y a los que en el ámbito privado están situados en planos patronales o dirigenciales. Si más no sea porque lo contrario fácilmente suscita envidias, resquemores o desigualdades irritantes, y sospechas de corrupción...

8. Como virtud cristiana la austeridad de vida es forma y expresión del espíritu de pobreza que debe ser vivida aun en los estratos económicamente más elevados de la realidad social. No está de más recordar que dicho espíritu implica humildad y caridad. HUMILDAD porque comienza por reconocer que Dios es el único por sobre todas las cosas, pleno y supremo bien, y que los hombres son administradores de los bienes recibidos, cuya administración debe redundar en bien para los demás, sin dejar de tener especial atención de los más necesitados; por eso implica CARIDAD.

III. Egoísmo y amor
9. Si así se piensan las cosas no hay contradicción entre desarrollo, productividad, consumo y austeridad de vida. Sí hay frente a cualquier concepción o sistema que proclame que el egoísmo individual es el motor del progreso y del bien general. El denominado capitalismo salvaje está en esa línea, y sabemos bien cuántas y cuáles han sido y son sus consecuencias.

En un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Papa Juan Pablo II se expresó así: "En los países industrializados la gente está dominada hoy por el ansia frenética de poseer bienes materiales" (y en ciertas capas - añado yo - de la sociedad de países no desarrollados sucede lo mismo). "La sociedad de consumo pone todavía más de relieve la distancia que separa a ricos y pobres, y la afanosa búsqueda de bienestar impide ver las necesidades de los demás...La moderación y sencillez de vida deben llegar a ser los criterios de nuestra vida cristiana..." (NS).

10. Me permito agregar otra cita que viene a cuento; es de un ensayista francés - Patrice de Plunkett - quien acaba de escribir hace poco lo siguiente: "El materialismo marxista ha retrocedido fuera de nuestras miradas. Esta marea muy baja nos descubre una playa desierta... Librada a todos los vientos: es el materialismo occidental. Impulsados solamente por la obsesión del bienestar individual, su nada espiritual es una amenaza... No creemos más en nada, ni en nosotros, ni en nadie... El célebre ’modelo occidental’ impone a los cinco continentes la más alta tecnologia y la ética más baja. De esta manera... las grandes tradiciones morales de la humanidad corren el riesgo de desaparecer asfixiadas por nuestra nada, nuestro vacio... una nación se suicida si se esconde de las grandes fuerzas éticas y religiosas de su historia". Hasta aqui las palabras de Plunkett.

11. Si el crudo liberalismo económico hace dos siglos pudo ser denominado la "revolución del egoismo", hoy parece evidente la necesidad de abandonar la idea de que el egoismo es el pilar básico del orden social. Esa revolución debe ser reemplazada por la "revolución del amor", la cual exige la enseñanza y difusión de una verdadera y válida escala de valores en la sociedad, la austeridad de vida, el espiritu de servicio y de solidaridad frente a toda carencia, sea ésta de naturaleza material, psicológica o espiritual, la reducción del consumo superfluo y frívolo, la idolatría del dinero y del placer, la educación en la cultura del trabajo...Menuda tarea ésta! pero, qué sociedad distinta a la de hoy configuaría una "revolución del amor"!

IV. Conceptos finales 
12. Para concretar algo más estas consideraciones me permito dirigir algunas palabras a determinados grupos de creyentes sinceros.

a) A los que tienen abundantes medios materiales les digo que vivan sin ostentación y con austeridad y sobriedad; que contribuyan a disminuir las urgencias de los más necesitados; que no guarden con avaricia sus bienes y ganancias sino que inviertan para el desarrollo y crecimiento de la economía nacional y la multiplicación de puestos de trabajo. Ello revertirá en bien de la sociedad.

b) A quienes tienen lo necesario, me atrevo a pedirles que "hagan, de la necesidad, virtud", es decir que vivan serenamente la austeridad, sin angustias ni ambiciones desmedidas y colaborando solidariamente con los que menos tienen.

c) A quienes han hecho promesa o voto de pobreza evangélica o quieren vivir su espíritu, les digo que lo hagan con gozo de corazón y sintiéndose liberados del peso de las cosas materiales para manifestar más ejemplarmente la existencia y el valor de las cosas espirituales y la supremacía del amor a Dios y al prójimo.

d) A los que nada tienen no es fácil en este orden de cosas decirles una palabra oportuna y útil. Sin embargo me atrevo a expresarles mi deseo de que no caigan en la amargura, el resentimiento o la desesperación, ni se nieguen a ningún esfuerzo solidario para mejorar esperanzadamente su situación.


Por: Cardenal Antonio Quarraccino | Fuente: multimedios.org

ARTICULO 9 MORAL

Ante la blasfemia


Si eres creyente y blasfemas, piensa en el daño que produces al Señor y a la Virgen y corrígete



Da gracias a Dios
Blasfemar es algo muy común entre la gente. En medio de una conversación con otra persona, enseguida se oye un exabrupto contra Dios. Muchos dirán que eso ya forma parte del lenguaje, que es una expresión más, que se dice sin pensarlo o sin malicia. Pero lo cierto es que sigue siendo una ofensa a Dios.
El segundo mandamiento de la ley de Dios dice: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Prescribe claramente respetar el nombre del Señor. Regula el uso de nuestra palabra en las cosas santas. El nombre del Señor es santo, por eso el hombre no puede usarlo mal. Sólo lo debe emplear para bendecirlo, alabarlo, glorificarlo y adorarlo.

Por ejemplo el salmo 96: “¡Cantad al Señor bendecid su nombre! Anunciad su salvación día tras día…”; el salmo 113: “¡Alabad servidores del Señor, alabad el nombre del Señor! ¡Bendito sea el nombre Señor, desde ahora y por siempre! ¡De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor!”, el salmo 8, tan popular y conocido: “Señor, Dios nuestro, que admirable es tu Nombre en toda la tierra”, o el salmo 148 pidiendo que alabe al Señor toda la creación: “…alaben el nombre del Señor. El único Nombre sublime; su majestad está sobre el cielo y la tierra”.
Por desgracia, ya no son muchos los sacerdotes que predican en sus homilías contra la blasfemia, pero hay ejemplos, como el apóstol Santiago en su epístola a una comunidad de cristianos, en la que reprueba “a los que blasfeman contra el hermoso nombre de Jesús” (St 2,7). Y otros muchos santos, como San Juan María Vianney, que lucharon por erradicar esa costumbre en las parroquias que les habían encomendado. Y lo lograron a base de oración, penitencia y predicación.

Durante la persecución religiosa española, fueron cientos los católicos que murieron por su fe, simplemente por vivir una vida cristiana. A muchos de ellos la única condición que les ponían para salvar su vida era que blasfemaran contra Dios. Hay testimonios impresionantes de jóvenes que se negaban a ello con firmeza y en vez de proferir los insultos que los milicianos querían que dijesen, lanzaban alabanzas y vivas a Jesús y la Virgen. Uno de ellos es el de un chico de 16 años, Santiago Mosquera y Suárez de Figueroa, de la diócesis de Toledo, al que detuvieron y obligaron a blasfemar, al negarse a ello, los golpes y palizas empezaron a caer sobre él. Después de sufrimientos indecibles le llevaron a fusilar, no murió, fue herido gravemente. Al día siguiente escucha que se acerca el sepulturero, al cual le pide ayuda, la condición que le pone éste nuevamente es que blasfeme; la respuesta de Santiago “Prefiero morir antes que ofender a Dios”. El sepulturero coge un pico y de un golpe acaba con su vida. Impresionante. Merece la pena leer lo que se ha escrito sobre él y sobre otros tantos.
Todos ellos predicaron con el ejemplo, de palabra y de obra, sobre la importancia que tenía el no blasfemar.
Alguien me decía que en su trabajo era algo continuo el escuchar esta clase de juramentos contra Dios, la Virgen o los santos y que había hecho lo imposible por convencer a sus compañeros para que no las dijesen, pero todo en vano, así que decidió que cada vez que oyese a alguien insultar a Dios, él, interiormente, decía al Señor una alabanza o una oración de bendición, como acto de reparación por la ofensa hecha a Dios.

Creo que es un buen ejemplo que puede imitar, cada uno en su lugar de trabajo o centro de estudio, en su casa o en la calle. Aunque nos parezca que no sirve de nada esa oración, claro que sirve, es un acto de amor hacia el Señor y todo lo que se hace con amor tiene su recompensa.
Frente a esas expresiones de odio o reproche a Dios, la Iglesia ha recogido otras, llamadas alabanzas de reparación, que reza durante la exposición del Santísimo, pero que pueden decirse en cualquier otro momento como acto de amor a Cristo: “Bendito sea Dios”, “Bendito sea su santo Nombre”, “Bendito sea el Nombre de Jesús”, “Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre”…

Si eres creyente y blasfemas, piensa en el daño que produces al Señor y a la Virgen y corrígete. Si no lo haces, a lo mejor son personas de tu familia o amigos cercanos a los que si que “se les escapa” en algún momento esas palabras; quizás con la confianza que puedas tener con ellos, les puedas comentar que no las digan. Seguramente que si se lo explicas bien y te tienen aprecio, se corrijan.

Es por Cristo por quien sacas la cara y Él ya lo dijo: “El que se avergüence de Mí y de Mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en Su gloria” (Lc 9,6). Ojalá salgan siempre de nuestros labios oraciones de alabanza al Señor, como la que dijo el profeta Daniel: “Bendito tu Nombre, santo y glorioso, a él gloria y alabanza por los siglos”.
Por: Secretariado de Santa Columba de Segovia | Fuente: www.revistaecclesia.info

ARTICULO 8 MORAL

¿Sabemos equivocarnos?

No existe quien no se haya equivocado alguna vez, lo que sí existen seguramente son personas que han sabido sacar de sus errores nuevas fuerzas




Me pregunto muchas veces si el hecho de ser “perfeccionista” es verdaderamente una virtud, o un defecto. Y creo que tiene de las dos cosas.

Es una virtud, desde ya, porque es algo que nos impulsa a hacer todas las cosas perfectas.

Pero me parece que también es un defecto, dado que la realidad nos dice que en este mundo lo perfecto, no existe plenamente. Siempre está la posibilidad de equivocarse, y de hecho nos equivocamos.

Por eso es que me parece que el hecho de “aprender a equivocarse” es importante, quizás debiera ser una de las primeras cosas que tendrían que enseñarnos: que el fallar, es parte de nuestra condición humana. Que debemos buscar realizar todo lo más “perfectamente” posible, pero que inevitablemente está la posibilidad de equivocarnos.

El hecho de aprender a equivocarnos, sin dudas que nos ayudaría en muchas circunstancias que nos toca vivir, sobre todo para poder superarnos, y no creer que “hemos fracasado”, y quizás sólo haya sido que creíamos que inevitablemente todo nos iba a salir como lo planeamos, es decir, perfecto, y en realidad lo que después aparece como fracaso, no es otra cosa que la posibilidad que hay siempre de cometer un error, o de que no todo salga “tan perfectamente”.

Siempre pienso que en la vida lo importante no es no fallar, “no caerse”, sino el ver cómo reaccionamos ante una falla, si somos capaces de levantarnos de una caída.

Por eso me parece fundamental que ya en la educación que damos a nuestros niños y jóvenes, los preparemos para esa posibilidad de equivocarse, de saber superar un error, de poder “asumirlo”, “hacerse cargo” de sus fallas, y no hacerles creer que pueden ser “omnipotentes” a tal punto que si cometen un error, ya hay que hablar de “fracaso”.

Los jóvenes tienen grande ideales, están hechos para las grandes empresas, y eso no se debe aplacar, pero sí mostrarles que muchas veces la realidad nos enseña que hay logros que vienen después de algunos obstáculos que hay que superar, que muchas veces algo que llamamos fracaso, no es más que una nueva oportunidad para demostrarnos que somos capaces de salir adelante, aún cuando todo haga pensar que no valió la pena tanto esfuerzo que se ha puesto para llevar adelante una tarea.

No existe quien no se haya equivocado alguna vez, lo que sí existen seguramente son personas que han sabido sacar de sus errores nuevas fuerzas para renovar un emprendimiento y no quedarse con la amargura de pensar que todo esfuerzo es inútil y no vale la pena volver a intentarlo.

Espero que sepamos enseñar a los jóvenes que no hay una vida “sin problemas”, sin posibilidad de errores, pero que sí hay en todo hombre una capacidad para superarlos.


Padre Oscar Pezzarini
Superior Provincial de la Obra Don Orione en Argentina, Paraguay, Uruguay y México

ARTICULO 7 MORAL

Los pecados contra la verdad

La mentira se relaciona con otros pecados que lesionan la verdad





A la verdad se oponen varios pecados:


1. LA MENTIRA

La mentira propiamente dicha. Consiste en decir una falsedad con intención de engañar, es decir, para inducir a error al que tiene el derecho de conocer la verdad. La gravedad se mide por la naturaleza de la verdad que deforma, por las circunstancias, por las intenciones del que la comete, por los daños padecidos por los que resultan perjudicados. Llega a ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.


Con la mentira se relacionan otros pecados que lesionan la verdad; son los siguientes: 

a) La falsificación de documentos y otros escritos. Es una mentira cualificada y de graves consecuencias. Muchas veces acompaña al pecado de fraude, es decir, cuando con la falsificación, se adueña del bien ajeno y simula el derecho. En este caso, a la mentira se suele añadir el abuso de un cargo o de una relación contractual. El que comete fraude está obligado a reparar el daño cometido, cuando pudo y debió preverlo.

b) La simulación. Es la mentira que se verifica con los hechos. Por ejemplo, el obrero que, ante la mirada del jefe, simula estar trabajando. No toda simulación es pecado: es pecado simular una acción mala por la mentira y el escándalo que con ello se da al prójimo; pero no lo es cuando se oculta con ella lo que debe permanecer oculto (como un secreto) o un pecado ya cometido, con el fin de evitar el escándalo del prójimo[1].

c) La hipocresía. Es una simulación especial que consiste en aparen­tar exteriormente lo que no se es en realidad. Se opone a la veracidad, y puede ser mortal o venial, según sea su objeto, su fin o las circunstan­cias que la acompañen.

d) La mentira periodística. Tiene una gravedad particular por ser mentira cualificada (es decir, de quien tiene por oficio publicar la verdad) y por la repercusión pública. De hecho puede ser responsable de falsas expectativas, falsos miedos; puede empujar a que alguien tome decisiones perjudiciales basándose en las noticias que ha escuchado o leído. Cuando tales mentiras quitan la fama equivale a la calumnia, particularmente grave por la publicidad dada al hecho. El que realiza tal obra está obligado a la reparación pública.

e) La restricción mental ilícita. No sólo es lícito sino también obligatorio el ocultar la verdad cuando su comunicación causaría daño a los oyentes o a otros. Si bien uno debe decir la verdad, no está obligado, en algunas circunstancias, a decir toda la verdad.

Esto suele hacerse mediante la restricción mental. Sin embargo, hay que distinguir varios fenómenos que tienen cierta semejanza entre sí pero no la misma moralidad.

- La «anfibología», es decir, el recurso a una expresión o frase equívoca, de doble sentido, cuyo verdadero significado conoce sólo quien la dice, pero que el oyente tomará casi seguramente en otro sentido. Por ejemplo, si alguien dice «le digo que no lo sé», no pretendiendo decir que no sabe algo sino «le digo las palabras siguientes: que no lo sé». Es algo ilícito y equivale a una mentira.

- La «restricción mental estricta»: es una especie de anfibología que consiste en trasladar con la mente una expresión o frase a un sentido distinto del que se desprende de la significación obvia de las palabras, pero en el cual no hay ningún rastro o indicio por donde pueda descubrirse la verdad. Así por ejemplo, si alguien dice «no he cometido tal falta» añadiendo interiormente «cuando tenía cinco años», o «vi Roma» añadiendo en su mente «en fotografías». En este caso jamás es lícita.

- La «restricción mental remota o lata», es como la anterior, pero queda alguna rendija por donde puede vislumbrarse la verdad. Hay que decir que es ilícita sin causa justa, pero puede ser lícita con causa justa y proporcionada:
 

* ilícita sin justa causa: porque si bien el prójimo podría descubrir la verdad si prestara atención al verdadero significado, sin embargo, ordinariamente no la presta y sufre un verdadero engaño.

* lícita con causa justa y proporcionada: porque en tal caso es una aplicación del voluntario de doble efecto. En este caso, el efecto bueno y querido es la guarda de un secreto (profesional, natural, sacramental) o el evitar un daño mayor, etc.; el efecto malo permitido es el engaño de la otra persona. ¿Cuándo hay causa justa y proporciona­da? En general, siempre que sea obligatorio ocultar la verdad o cuando el prójimo formula imprudentemente una pregunta a la que no tiene ningún derecho[2].



En general hay que desaconsejar el uso de la restricción mental por lo fácil que es engañarse sobre la existencia de causa proporcionada e incurrir en mentiras auténticas.



2. También se oponen a la verdad los pecados que lesionan la fama del prójimo

Estos son:

a) Juicio temerario. Consiste en admitir, incluso tácitamente, como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

b) Maledicencia. Consiste en manifestar los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran, sin una razón objetivamente válida.

c) Calumnia. Consiste en dañar la reputación del prójimo afirmando cosas falsas o dando ocasión a juicios falsos respecto del mismo, mediante palabras contrarias a la verdad.

d) El falso testimonio. Consiste en una afirmación contraria a la verdad sobre el prójimo (calumnia) realizada ante un tribunal. Si además es pronunciada bajo juramento se denomina perjurio. Puede tener como intención condenar a un inocente o disculpar a un culpable o aumentar la sanción en que ha incu­rrido el acusado.

Puede ver la explicación de algunos de estos pecados en el Catecismo. nn. 2475-2487.


Por: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. | Fuente: El teólogo responde

ARTICULO 6 MORAL

¿Cuál es mi burbuja?

Individuar cuál es mi burbuja sirve para redimensionar hechos e ideas




De mil maneras nos dejamos rodear por burbujas del alma.

Algunas burbujas vienen desde fuera, impuestas por personas o por acontecimientos. Un accidente, una calumnia, una crisis económica, un problema en la familia, crean una atmósfera más o menos enrarecida que afecta nuestro modo de pensar, de sentir, de amar.

Otras burbujas nacen desde uno mismo. Todo lo que hacemos o dejamos de hacer, lo que pensamos, lo que sentimos, alimenta el aire interior con alegrías o con tristezas, con esperanzas o con miedos, con amores o con odios.

Por eso vale la pena preguntarnos: ¿cuál es mi burbuja? ¿Qué ambiente envuelve mi alma? ¿Qué condicionamientos me asfixian o me exaltan? ¿Qué ideas y que hechos han sitiado mi corazón?

Individuar cuál es mi burbuja sirve para redimensionar hechos e ideas a las que a veces damos una importancia excesiva que no merecen. También nos permite descubrir que otros hechos o ideas han quedado marginados, cuando desde ellos podríamos entrar en burbujas sanas, buenas, positivas.

Es casi imposible vivir sin burbujas. Algunos no son capaces de escoger su burbuja, porque su psicología está enferma y viven encadenados a mecanismos mentales que los arrastran, sin casi poderlo evitar, de un sitio a otro.

Otros han escogido burbujas malas, negativas, llenas de oscuridad, que provocan daños en uno mismo y en quienes viven a su lado. Son burbujas que les llevan a ver sólo oscuridades, a pensar desde el odio y hacia el odio, a encerrarse en la avaricia, a sumergirse en la envidia y en el afán por destruir la fama de otros desde un corazón lleno de rencores malsanos. A pesar de la situación en la que se encuentran, en esas personas perviven todavía capacidades y energías interiores suficientes para reconocer sus errores, para acoger la ayuda de Dios, para cambiar de perspectiva, para abrirse a horizontes y burbujas buenas.

Afortunadamente, hay muchos hombres y mujeres que, desde la ayuda de amigos buenos, desde pensamientos sanos, desde la acción de Dios en las almas, son capaces de sumergirse en burbujas positivas. Desde ellas no cerrarán los ojos ante males reales o ante injusticias que deben ser superadas. Al contrario, sabrán afrontar la propia vida con un deseo sincero y bueno para pensar en positivo, para acoger las gracias del cielo, para convertirse en trabajadores incansables en un mundo que necesita hombres y mujeres de esperanzas.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

ARTICULO 5 MORAL

¿Qué es el defecto dominante?

A veces se requieren varios años de dura lucha para desarraigar un defecto




1. Naturaleza


Con la palabra “defecto” se designa entre otras cosas la propensión o proclividad a un determinado acto pecaminoso producida por la repetición frecuente del mismo acto.

Todos nacemos con predisposiciones naturales a ciertos actos buenos y a otros malos. Si la voluntad no se opone desde el principio a estas predisposiciones connaturales al mal, éstas adquieren pronto mayor vigor y se convierten en verdaderos defectos.

“Defecto dominante” en el hombre es aquella proclividad cuyo impulso es más frecuente y más fuerte, aunque no siempre se observe.


2. Efectos

El defecto dominante es un enemigo que llevamos siempre y en todas partes con nosotros y que a menudo nos lleva a cometer faltas o pecados.

Este defecto es tanto más terrible cuanto que es un arma poderosa de la cual se sirve el demonio para inducirnos al pecado.

Si el defecto dominante no es combatido enérgicamente irá cegando poco a poco la mente llevando al hombre a culpas cada vez más frecuentes y más graves.


3. Modos de combatirlo 


Para combatir el defecto dominante es necesario ante todo conocerlo, lo cual no se consigue fácilmente; más aún, muchas veces parece que no hay cosa que nos repugne tanto o nos dé tanto miedo como conocernos a fondo.

Para conocer nuestro defecto dominante hemos de orar y examinarnos acerca de las infidelidades que más fácilmente y a menudo cometemos, indagando la causa íntima de estas culpas; es también conveniente observar el objeto a que se dirigen nuestros pensamientos y deseos espontáneamente, así como lo que más nos desagrada en los demás, que con frecuencia suele ser lo que domina en nosotros.

Otro medio de actuar es abrir sinceramente el corazón al confesor que de esta manera nos conocerá a fondo y podrá indicarnos nuestro defecto dominante.

También debemos tener en cuenta las reprensiones que se nos hacen, pues frecuentemente nos pueden servir para conocer el estado de nuestra alma.

Después de haber conocido nuestro defecto dominante es necesario trabajar sin tregua en extirparlo, especialmente con el ejercicio de las virtudes más directamente contrarias a él.

Para conseguir nuestro intento habremos de orar mucho y examinarnos sobre los progresos que hacemos. San Ignacio y otros santos aconsejan que se anoten las veces que durante el día o durante la semana cae uno en el defecto dominante, para poder darse cuenta del adelanto o del posible retroceso.

Para desarraigar el defecto dominante es un medio muy eficaz el excitarse internamente a dolor e imponerse una pequeña penitencia cada vez que se cae en tal defecto.

A veces se requieren varios años de dura lucha para desarraigar un defecto, pero no debemos creer que estos esfuerzos son inútiles: con la gracia del Señor se pueden reformar las naturalezas más rebeldes.

Tampoco nos hemos de creer vencedores hasta el punto de descuidar toda vigilancia durante el resto de nuestra vida.

Por: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. | Fuente: www.iveargentina.org

ARTICULO 4 MORAL

Caperucita violada

Son cada vez más los seres humanos que abdican de la libertad de pensar a cambio de que les garanticen la libertad de ser igual que los demás y no hacer el ridículo



Probablemente nunca en la historia del mundo se ha hablado tanto como ahora de la libertad. Tal vez porque nunca hubo tan poca. Y no me estoy refiriendo a los regímenes dictatoriales, ni siquiera a las grandes opresiones económicas. Aludo a la mordaza que incluso a quienes nos creemos muy libres nos pone a diario la realidad de este mundo que nos hemos construido.
Día a día los tópicos se tragan a las ideas. El bombardeo de los medios de comunicación, de las grandes fuerzas políticas es tal que ya el pensar por cuenta propia es un placer milagroso que casi nadie se puede permitir. Uno tiene que pensar lo que "se piensa", lo que "se dice", lo que "circula". La moda ha saltado de los vestidos a las ideas, e incluso los que se creen más independientes terminan vistiéndose los pensamientos de los grandes modistas de la mente. Los jóvenes, que se creen tan rebeldes, terminan hablando "como está mandado" que hoy hable y piense un joven. No logra saberse "quién" lo ha mandado, pero lo cierto es que o aceptas ese estilo de hablar y pensar o serás un permanente bicho raro, un marginado de tu generación.

No se sabe quién fabrica la papilla mental de la que todos nos alimentamos. Pero es cierto que más que pensar nos lo dan pensado o, como dice un personaje de Garci, "no vivimos, nos viven".
Y es inútil gritar que somos libres de pensar algo distinto de lo que impera. El día que resulte ridículo opinar de manera distinta de la común, ¿habrá alguien que se atreva a usar de la libertad de discrepar en una civilización en la que hacer el ridículo se habrá convertido en el más capital de los pecados?

Bernanos escribió hace años un texto que conforme avanzan los años se va haciendo, de día en día, más profético:"En nuestro tiempo yo no conozco un solo sistema o un solo partido al que se le pueda confiar una idea verdadera con la más pequeña esperanza de poder encontrarla a la mañana siguiente no digo ya intacta, sino incluso simplemente reconocible. Yo dispongo de unas cuantas pequeñas ideas que me son muy queridas; pues bien, no me atrevería a enviarlas a la vida pública, por no decir a la casa pública, porque la prostitución de ideas se ha convertido en el mundo entero en una institución del Estado. Todas las ideas que uno deja ir ellas solitas, con su trenza a la espalda y con su cestita en la mano como Caperucita Roja, son violadas en la primera esquina de la calle por quién sabe qué slogan en uniforme."

El párrafo es dramático, pero rigurosamente verdadero. Y fácilmente comprobable. Uno, por ejemplo, ama apasionadamente la paz; es, sería sin dudarlo un pacifista. Pero de pronto mira a lo que se llama pacifista en el mundo de hoy y empieza a dudar si no se habrá equivocado de mundo o de pacifismo.
Uno, claro, ama apasionadamente la democracia, y lo que más le gusta en ella es la idea de que siempre se respetarán en plenitud los derechos de las minorías. Pero pronto descubre que mejor es que te libre Dios de ser negro en un país de blancos, conservador en un país de socialistas o tradicional en una civilización en la que se lleve la progresa.
Pero lo verdaderamente asombroso no es siquiera el comprobar el infinito número de pequeños dictadores que hay en toda comunidad, (e incluso en toda persona). Lo grave es que, además de recortar nuestra libertad de discrepar, tienen todavía suficientes argumentos para convencernos de que están respetando nuestros derechos y de que, si nos quejamos, lo hacemos sin razón. Con lo cual uno se queda sin el derecho y con la mala conciencia de protestar injustamente.
Además está el lastre de la obligación de "pensar en bloque". En nuestro tiempo la gente no piensa en cada caso lo que cree que debe pensar. Más bien la sociedad te empuja a elegir una determinada postura ideológico-socio-política, y una vez adoptada, tú ya tienes que pensar forzosamente lo que "corresponde" a la postura elegida. Eso de que uno sea conservador en unas cosas y avanzado en otras, abierto en unas y dispuesto a mantenerse fiel al pasado en otras, es algo incomprensible, insoportable.

Uno tiene estricta obligación de pensar igual que sus amigos, lo mismo que los que votaron lo que él, debe defender en bloque cuanto hagan aquellos con los que en un momento determinado coincidió. El derecho a la revisión permanente de las propias ideas se llama hoy incoherencia, y hasta te aseguran que "con la Patria (y con el partido, con el clan y hasta con la salsa de fresa) uno tiene que estar con razón o sin ella". El conformismo se ha vuelto la gran ley del mundo. Y son cada vez más los seres humanos que abdican de la libertad de pensar a cambio de que les garanticen la libertad de ser igual que los demás y no hacer el ridículo. ¿No sería más práctico que nos fabricaran en serie como a los muñecos?

Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para la Alegría

ARTICULO 3 MORAL

¿Tiene usted conciencia?

Se dice que el concepto es poco moderno, que pertenece a una época ya superada...


«La conciencia, nos dicen los queridos marxistas, es un invento de la burguesía para provocar en el proletariado sentimientos de culpabilidad y con ello mantenerle encadenado». Cinco minutos más tarde apelan a nuestra conciencia ante la miseria y los sufrimientos de la clase proletaria.

Pero también desde perspectivas no marxistas se niega con frecuencia la existencia de la conciencia. Se dice que el concepto es poco moderno, que pertenece a una época ya superada. Hoy sabemos que se trata tan sólo de convencionalismos y del llamado instinto gregario. Es necesario que existan algunas leyes según las cuales el individuo debe sacrificar algunas veces sus propios intereses en favor de la «grey». Teniendo en cuenta que la grey le proporciona muchas ventajas, este sacrificio queda más que compensado, y así el instinto gregario sirve en definitiva al más fuerte de los instintos, al instinto de conservación. Ayudamos a los demás porque entonces podemos esperar ayuda de ellos.

Reflexionemos sobre ello. Un hombre camina solitario por la calle de noche y oye un grito de auxilio.

C (el instinto de conservación) dice: «¡No vayas, te pondrás en peligro!»

G (el instinto gregario) dice: «¡Tienes que ir, un miembro del rebaño necesita tu ayuda!»

C advierte: «¡Para ti tú eres el primero!»

G advierte a su vez: «¡Es cierto, pero si no vas te desacreditarás ante la grey, te señalarán con el dedo, te rechazarán, quedarás marcado!»

C «¡Imbécil! Pero si está oscuro, nadie te ve y nadie sabe que pasas casualmente por aquí. Vete a casa y todo estará en orden!»

Y como el instinto de conservación es en definitiva el instinto más fuerte y en pura lógica tiene razón, nuestro hombre le sigue y se va a su casa. Ahora debería felicitarse a sí mismo por haberlo hecho tan bien y acertadamente. Su posición en el rebaño no se ha debilitado y a pesar de ello ha podido escapar del peligro. En cambio, lo que sucede es que no puede ni mirarse al espejo. Está furioso consigo mismo. Sufre. ¿Por qué? Porque sí hay alguien que sabe cómo ha actuado. El mismo lo sabe; y él no sólo tiene instinto de conservación e instinto gregario, si no además otra cosa, un juez incorruptible, la conciencia.

Y hay otro más que lo sabe. Conciencia no es lo mismo que ciencia. Conscientia se dice en latín: con sabiduría, complicidad. Y el cómplice es Dios.

Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Conoze.com

lunes, 3 de noviembre de 2014

ARTICULO 2 MORAL

Las tentaciones

Si no fuera pecado, ¿lo haría? Vale la pena quitarse de la cabeza esa insinuación que no viene de Dios...

Una “buena tentación” es aquella que repite una y otra vez: “si me sigues, si cedes sólo por esta vez, si dejas el rigorismo, si te permites este pecadillo, ganarás mucho y perderás muy poco”. Ganar mucho dinero con una trampilla, o lograr un rato de diversión pecaminosa después de una semana de tensiones en el trabajo o en la familia, o conseguir un buen contrato a base de calumniar a un amigo, o...
A veces evitamos ese pecado sólo porque la conciencia nos pone ante nuestros ojos esa frase decisiva: “No lo hagas, es pecado”.

Sí, ya sé que es pecado, respondemos. Pero, si no fuera pecado, ¿lo haría?  Formular esta pregunta es señal, seguramente, de que no comprendemos la maldad que hay detrás de esa tentación. La vemos tan apetecible, tan fácil, tan a la mano, tan “buena”, que... Pero es pecado, nos dijeron en la catequesis, leímos en un libro, nos recordó un amigo sacerdote...

Hemos de comprender que algo es pecado no sólo porque un día Dios dijo: “Esto está mal: no lo hagas”. En realidad, si algo está mal (y Dios, porque nos ama, nos lo recuerda) es porque con esa acción ofendemos a Dios, dañamos al prójimo y nos degradamos a nosotros mismos. O, como decía santo Tomás de Aquino (siglo XIII), “ofendemos a Dios sólo cuando actuamos contra nuestro propio bien” (“Summa Contra Gentiles”, III, cap. 122).

El pecado no es, por lo tanto, como algunas normas de tráfico. Cuando busco un lugar para dejar el coche y veo la señal “prohibido aparcar”, es posible que me enfade, que no esté de acuerdo con el alcalde o con la policía. Dejar el coche ahí, en ese lugar concreto, quizá no molesta a nadie. Sé que está prohibido, pero si no estuviese prohibido, allí aparcaría... Incluso con la total certeza de que no causaría daño a nadie.

En otras ocasiones, en cambio, la misma señal de tráfico vale no sólo porque la pusieron allí, sino porque descubro que es justo, es bueno, no aparcar en ese lugar. Incluso habrá momentos en los que llegaré a una calle donde me gustaría aparcar, donde no hay señal alguna (¡está permitido aparcar allí!), pero no aparcaría porque me doy cuenta de lo mucho que perjudicaría a otras personas si lo hiciera.

El pecado es parecido al segundo ejemplo. No depende de la imaginación de Dios o de algún capricho del catequista o del sacerdote. Si la Iglesia nos enseña que el robo es pecado, o el adulterio, o la calumnia, o el masturbarse, o el aborto, es porque en cada uno de esos actos perdemos algo de nuestra vocación al bien, al amor, a la justicia.

No es correcto, por lo tanto, pensar: “si esto no fuera pecado, lo haría”. Porque si algo es malo, lo es siempre. Porque, además, mi condición de hombre y de cristiano me recuerdan que no vivo para seguir mis caprichos y buscar maneras para que las normas no me impidan realizar lo que me gustaría hacer ahora, sino que vivo para amar y hacer el bien, a todos y en todo. Por eso no quiero saltarme aquellos mandamientos que me apartan del mal para invitarme a hacer el bien.
Nos será más fácil superar la tentación del “si esto no fuera pecado...” cuando profundicemos y conozcamos mejor el porqué de los mandamientos, el sentido de cada norma ética, el bien que ganamos cuando queremos ser honestos. Los mandamientos no son imposiciones arbitrarias, sino señales que nos indican dónde está el bien y el mal, qué nos ayuda a vivir en amistad con Dios y con nuestros hermanos, y qué actos hieren esa amistad.

Por ejemplo, si no robo, aunque tenga que esperar más años para comprarme un coche nuevo, viviré con la conciencia más tranquila y en mayor paz con quienes viven a mi lado. Porque habré respetado el derecho de otro a un dinero que es suyo, que merece tener, que no puedo apropiarme sin dañarle y sin herir mi conciencia.
Lo mismo vale para los demás casos: el mal de cada acto pecaminoso es tan grave que destruye riquezas de la propia vida y de la vida de los demás, y por lo mismo es muy bueno no ceder nunca a la voz insidiosa de una tentación que me presenta como fácil y posible algo malo.
Pensemos, además, en positivo: cuando digo no a un pecado, entonces mi corazón está (al menos, debería estar) más dispuesto a hacer más cosas buenas, a vivir más a fondo mi condición de soltero o de casado, de padre o de hijo, de estudiante o de trabajador, de amigo o de ciudadano honrado.

Por eso, vale la pena quitarse de la cabeza esa insinuación que no viene de Dios, sino del propio egoísmo: “Si no fuera pecado...” Habría que sustituirla por esta otra: “Porque sé que es pecado, centraré mi mirada en el mucho bien que puedo llevar a cabo por otros caminos santos y buenos”.

De este modo, creceremos cada día en nuestra condición cristiana, viviremos como hijos que están a gusto en casa, con su Padre de los cielos, con tantos hermanos que también quieren ser justos y difundir amor para con todos. Aunque ahora tengamos que luchar enérgicamente contra una tentación fácil, aunque tal vez pensemos que estamos “perdiendo” una ocasión única.

Es muchísimo lo que gano si conservo mi espíritu abierto para amar, para estar muy cerca de ese Dios que tanto ha sufrido por hacer más bueno mi corazón cristiano...

Postscriptum: Me llegó una nota-comentario que pensé podía ser buena para complementar las ideas anteriores. Aquí la transcribo con pequeños retoques, y doy las gracias a la persona que me la envió.
“No es que las cosas son malas porque están prohibidas, sino que están prohibidas, porque son malas.

En los hospitales hay letreros que dicen: prohibido el paso, zona radiactiva… ¿es malo porque está prohibido, o está prohibido porque es malo, porque es nociva la radiación para nuestro organismo?

Dios nos ama, Él sabe lo que nos hace bien, según nuestra naturaleza, y lo que nos hace daño. El mal, nos hace mal; el bien, nos hace bien. La templanza es buena porque nos hace bien; la intemperancia es mala, porque nos hace mal.

Es verdad que el pecado es, ante todo y sobre todo una ofensa a Dios; pero el pecado le ofende a Dios, no porque le haga mella, porque suponga menoscabo, deterioro, pérdida, merma o perjuicio a Dios, sino porque Él nos ama y le entristece el mal que nos hacemos cuando somos malos; y esto hasta tal punto, que si el mal no nos haría mal, Dios no nos lo prohibiría, como no nos prohíbe la contemplación de un bello amanecer, o la audición de una hermosa música (claro, en su momento; porque si me pongo a contemplar un amanecer cuando debo tomar el avión para ir a concluir un negocio estupendo para mi economía familiar, o me pongo a oír una bella melodía cuando mi mujer duerme…).

Esto es aplicable a la drogadicción, el alcoholismo, la infidelidad conyugal, la lujuria, la falta de honradez, la falta de veracidad (el mentiroso, en el fondo, es un malabarista al que el espectáculo le va bien hasta que se le caen todas las pelotas en la cabeza… hace el ridículo, se degrada a sí mismo…)”.
Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

sábado, 1 de noviembre de 2014

ARTICULO 1 MORAL

Ante la blasfemia

Si eres creyente y blasfemas, piensa en el daño que produces al Señor y a la Virgen y corrígete 

Blasfemar es algo muy común entre la gente. En medio de una conversación con otra persona, enseguida se oye un exabrupto contra Dios. Muchos dirán que eso ya forma parte del lenguaje, que es una expresión más, que se dice sin pensarlo o sin malicia. Pero lo cierto es que sigue siendo una ofensa a Dios.
El segundo mandamiento de la ley de Dios dice: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Prescribe claramente respetar el nombre del Señor. Regula el uso de nuestra palabra en las cosas santas. El nombre del Señor es santo, por eso el hombre no puede usarlo mal. Sólo lo debe emplear para bendecirlo, alabarlo, glorificarlo y adorarlo.
 
Por ejemplo el salmo 96: “¡Cantad al Señor bendecid su nombre! Anunciad su salvación día tras día…”; el salmo 113: “¡Alabad servidores del Señor, alabad el nombre del Señor! ¡Bendito sea el nombre Señor, desde ahora y por siempre! ¡De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor!”, el salmo 8, tan popular y conocido: “Señor, Dios nuestro, que admirable es tu Nombre en toda la tierra”, o el salmo 148 pidiendo que alabe al Señor toda la creación: “…alaben el nombre del Señor. El único Nombre sublime; su majestad está sobre el cielo y la tierra”.
Por desgracia, ya no son muchos los sacerdotes que predican en sus homilías contra la blasfemia, pero hay ejemplos, como el apóstol Santiago en su epístola a una comunidad de cristianos, en la que reprueba “a los que blasfeman contra el hermoso nombre de Jesús” (St 2,7). Y otros muchos santos, como San Juan María Vianney, que lucharon por erradicar esa costumbre en las parroquias que les habían encomendado. Y lo lograron a base de oración, penitencia y predicación.

Durante la persecución religiosa española, fueron cientos los católicos que murieron por su fe, simplemente por vivir una vida cristiana. A muchos de ellos la única condición que les ponían para salvar su vida era que blasfemaran contra Dios. Hay testimonios impresionantes de jóvenes que se negaban a ello con firmeza y en vez de proferir los insultos que los milicianos querían que dijesen, lanzaban alabanzas y vivas a Jesús y la Virgen. Uno de ellos es el de un chico de 16 años, Santiago Mosquera y Suárez de Figueroa, de la diócesis de Toledo, al que detuvieron y obligaron a blasfemar, al negarse a ello, los golpes y palizas empezaron a caer sobre él. Después de sufrimientos indecibles le llevaron a fusilar, no murió, fue herido gravemente. Al día siguiente escucha que se acerca el sepulturero, al cual le pide ayuda, la condición que le pone éste nuevamente es que blasfeme; la respuesta de Santiago “Prefiero morir antes que ofender a Dios”. El sepulturero coge un pico y de un golpe acaba con su vida. Impresionante. Merece la pena leer lo que se ha escrito sobre él y sobre otros tantos.
Todos ellos predicaron con el ejemplo, de palabra y de obra, sobre la importancia que tenía el no blasfemar.
Alguien me decía que en su trabajo era algo continuo el escuchar esta clase de juramentos contra Dios, la Virgen o los santos y que había hecho lo imposible por convencer a sus compañeros para que no las dijesen, pero todo en vano, así que decidió que cada vez que oyese a alguien insultar a Dios, él, interiormente, decía al Señor una alabanza o una oración de bendición, como acto de reparación por la ofensa hecha a Dios.

Creo que es un buen ejemplo que puede imitar, cada uno en su lugar de trabajo o centro de estudio, en su casa o en la calle. Aunque nos parezca que no sirve de nada esa oración, claro que sirve, es un acto de amor hacia el Señor y todo lo que se hace con amor tiene su recompensa.
Frente a esas expresiones de odio o reproche a Dios, la Iglesia ha recogido otras, llamadas alabanzas de reparación, que reza durante la exposición del Santísimo, pero que pueden decirse en cualquier otro momento como acto de amor a Cristo: “Bendito sea Dios”, “Bendito sea su santo Nombre”, “Bendito sea el Nombre de Jesús”, “Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre”…

Si eres creyente y blasfemas, piensa en el daño que produces al Señor y a la Virgen y corrígete. Si no lo haces, a lo mejor son personas de tu familia o amigos cercanos a los que si que “se les escapa” en algún momento esas palabras; quizás con la confianza que puedas tener con ellos, les puedas comentar que no las digan. Seguramente que si se lo explicas bien y te tienen aprecio, se corrijan.
Es por Cristo por quien sacas la cara y Él ya lo dijo: “El que se avergüence de Mí y de Mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en Su gloria” (Lc 9,6). Ojalá salgan siempre de nuestros labios oraciones de alabanza al Señor, como la que dijo el profeta Daniel: “Bendito tu Nombre, santo y glorioso, a él gloria y alabanza por los siglos”.
Por: Secretariado de Santa Columba de Segovia | Fuente: www.revistaecclesia.info